Cada escritor tiene sus manías, sus formas extravagantes de despertar a las musas. Truman Capote escribía tumbado; Schiller encontraba estimulante el olor de las manzanas podridas; otros, como Agatha Christie, imaginaban los más abyectos crímenes desde el baño de su casa; Baudelaire exploró los rincones más oscuros de la conciencia humana; por no mencionar casos aún más censurables, desde Thomas de Quincey hasta Jean-Paul Sartre.
Honoré de Balzac, sencilla y llanamente, bebía café.
Es fácil imaginárselo en su pupitre de madera en el número 47 de la rue Raynouard, en el barrio de Passy, en mitad de la noche, mientras trabajaba en La comedie humaine, vaciando el negro elixir por su gaznate para intentar que no se le apagara la llama creativa. Aunque se nos ha quedado la imagen de un hombre entregado a los excesos por exprimir su genio hasta el tuétano, lo cierto es que su afición por el café no era simplemente la de un consumidor compulsivo, un adicto a la cafeína que se vaciaba en el estómago innumerables tazas al día.
Podría ser más bien lo que llamaríamos un sibarita del café, como mostró León Gozlan en Balzac en pantoufles (1856), alguien en realidad preocupado por entender los entresijos de lo que consideraba su particular combustible literario y abierto a toda clase de mezclas y extremos. Un hombre, por otra parte, que podía pasarse media jornada de tienda en tienda para encontrar las variedades de su gusto, A raíz de su Traité des excitantes modernes (1839), se puede ver también que restaba minuciosa atención a la procedencia de los granos, a los métodos de molienda, o que tenía ingeniosas teorías que hoy pueden despertarnos una sonrisa.
En este curiosísimo ensayo, que en realidad buscaba alertar sobre el exceso de estimulantes en la sociedad decimonónica, descubrirá el lector que también reflexionaba también sobre los efectos de otros vicios. No desde una perspectiva moralista, pues se nota a la lengua que guardaba una especial fascinación por el café, sino para alertar, a su manera y con un tono un tanto ambivalente, sobre los peligros del exceso y cómo éste, a la postre, puede disminuir la fuerza vital.
El resultado es un texto lleno de observaciones de lo más estrafalarias y consejos que hoy resultarían más que discutibles desde el plano fisiológico.
Curiosidades sobre Honoré de Balzac y su desmedida afición al café
El Tratado de los excitantes modernos, como se titula en español (Menoscuarto Ediciones, 2014), nos permite la oportunidad de conocer algunas de los más divertidos comentarios de Balzac sobre el
1. El café no convierte a nadie en un genio
Balzac desconfiaba de quienes atribuían al café la capacidad de despertar la inteligencia. Para el escritor francés, la bebida podía estimular las facultades intelectuales, pero nunca proporcionarlas a quien carecía de ellas.
En su tratado llegó a definirlo con una expresión bastante peculiar: «Le café est un torréfiant intérieur» («El café es un tostador interior»).
Incluso se burlaba de los autores mediocres que recurrían al café con la esperanza de mejorar sus obras. Por mucho que bebieran, seguirían escribiendo igual de mal.
Su razonamiento era sencillo: el café podía acelerar el pensamiento, pero no sustituir el talento.
2. Consideraba el café un combustible para el cerebro
El novelista estaba convencido de que el café ejercía una influencia extraordinaria sobre la actividad cerebral. Lo describía como una sustancia capaz de poner en movimiento las ideas, alejar el sueño y permitir que la mente continuara trabajando cuando el cuerpo reclamaba descanso.
En el tratado recoge una observación de Brillat-Savarin: «Le café met en mouvement le sang» («El café pone la sangre en movimiento»). Balzac desarrolla esta idea para explicar los efectos que, a su juicio, tenía la bebida sobre el organismo.
Para un escritor acostumbrado a pasar largas horas frente a sus manuscritos, semejantes propiedades sin duda resultaban enormemente atractivas.
Balzac llegó a desarrollar toda una teoría sobre la relación entre el café y la creación literaria. Aunque sus explicaciones fisiológicas pertenecen al siglo XIX, reflejan hasta qué punto consideraba la bebida una herramienta de trabajo.
3. Rossini le confesó que el café perdía su efecto después de veinte días
Entre las anécdotas recogidas en el tratado aparece una conversación con el célebre compositor italiano Gioachino Rossini.
Según Balzac, Rossini le explicó que el café conservaba sus propiedades estimulantes durante unos quince o veinte días de consumo. El novelista reproduce sus palabras: «Le café, m’a-t-il dit, est une affaire de quinze ou vingt jours» («El café, me dijo, es cosa de quince o veinte días»).
Después, el organismo se acostumbraba y sus efectos disminuían.
El compositor añadía, con cierta ironía, que aquel plazo era suficiente para escribir una ópera.
La observación debió de interesar mucho a Balzac, que conocía bien la necesidad de mantener la concentración durante períodos prolongados.
4. Prefería machacar los granos de café a la manera turca
Balzac tenía opiniones muy concretas sobre la preparación del café. Una de ellas estaba relacionada con la forma de triturar los granos.
El escritor defendía el procedimiento tradicional de machacarlos, que consideraba superior al uso de determinados molinillos. Según su criterio, permitía conservar mejor las cualidades aromáticas de la bebida.
No se conformaba, por tanto, con beber cualquier café. Se interesaba por los métodos de preparación y estaba convencido de que las pequeñas diferencias podían modificar considerablemente sus efectos en su cabeza.
5. Desconfiaba del café sometido demasiado tiempo al agua hirviendo
El autor de Papá Goriot advertía sobre los peligros de preparar el café de forma incorrecta.
Consideraba, de hecho, que el contacto prolongado con el agua hirviendo podía extraer sustancias perjudiciales para el estómago.
Sin embargo, resulta llamativa la minuciosidad con la que analizaba una bebida que muchos de sus contemporáneos consumían sin demasiadas preocupaciones.
6. Creía que el café preparado con agua fría podía ser más estimulante
Otra de las ideas que aparecen en el tratado es la posibilidad de obtener un café especialmente intenso mediante preparaciones con agua fría.
Balzac sostenía que ciertos procedimientos permitían conseguir una bebida de efectos más poderosos que los del café preparado de manera convencional.
La afirmación resulta de lo más curiosa si pensamos en la popularidad actual del cold brew, aunque no se trata necesariamente del mismo procedimiento y tampoco puede darse por demostrada la superioridad estimulante que defendía el novelista.
Lo interesante es comprobar que Balzac experimentaba con distintas formas de extracción mucho antes de que el café se convirtiera en objeto de tantas especialidades comerciales.
7. Aumentaba la concentración del café cuando dejaba de hacerle efecto
Balzac reconocía que el consumo habitual podía reducir la capacidad estimulante de la bebida.
Para contrarrestarlo, modificaba progresivamente su preparación. Comenzaba con cantidades relativamente moderadas y, cuando advertía que el efecto disminuía, recurría a cafés cada vez más concentrados.
Variaba la proporción de agua, la cantidad de café y otros aspectos de la preparación.
El procedimiento revela una relación bastante instrumental con la bebida. Balzac buscaba obtener de ella la energía necesaria para continuar escribiendo, aunque fuera a costa de someter su organismo a esfuerzos considerables.
8. Llegó a tomar café molido y concentrado en ayunas
Una de las confesiones más sorprendentes del tratado tiene que ver con una preparación extrema que Balzac reservaba para situaciones excepcionales.
El escritor introduce su descubrimiento con unas palabras que dejan entrever sus consecuencias: «Enfin, j’ai découvert une horrible et cruelle méthode» («Finalmente, he descubierto un método horrible y cruel»).
Consistía en consumir café molido, muy concentrado, frío y con una cantidad mínima de agua, cuando todavía tenía el estómago vacío.
El propio escritor reconocía que se trataba de un procedimiento terrible y que sus efectos podían resultar difíciles de soportar.
No era una forma de disfrutar del café, sino de combatir el agotamiento cuando necesitaba continuar trabajando. El episodio muestra hasta dónde estaba dispuesto a llegar para prolongar sus jornadas literarias.
9. Su café más fuerte hizo enfermar a un amigo
Balzac cuenta en el ensayo una anécdota que ilustra los riesgos de sus experimentos.
En cierta ocasión, un conocido necesitaba terminar urgentemente un trabajo. El escritor le recomendó una de sus preparaciones más intensas, convencido de que le permitiría mantenerse despierto y concentrado.
El resultado fue desastroso.
Lejos de proporcionarle la energía esperada, el café provocó tal malestar en aquel hombre que llegó a pensar que había sido envenenado. Finalmente tuvo que acostarse, incapaz de continuar trabajando.
Balzac reconoció que había calculado mal la resistencia física de su amigo. Lo que él podía soportar no tenía por qué resultar tolerable para otras personas.
10. Reconocía que el café lo volvía irritable
Balzac no ignoraba las consecuencias negativas de su afición.
En el tratado admite que, después de consumir grandes cantidades de café, podía mostrarse irritable y discutir con sus amigos por asuntos insignificantes.
El propio escritor se daba cuenta, al día siguiente, cuando desaparecían los efectos de la bebida, y reconocía que sus enfados habían sido injustificados.
Balzac llegó a considerar que aquella energía nerviosa debía encontrar una salida en el trabajo intelectual. De lo contrario, podía manifestarse en forma de mal humor y discusiones.
Balzac, el café y la leyenda de las cincuenta tazas diarias
Con el paso del tiempo, la afición de Balzac por el café ha dado lugar a numerosas historias. Una de las más conocidas sostiene que llegaba a beber cincuenta tazas al día para mantener su extraordinario ritmo de trabajo.
Más allá de las exageraciones, que no están debidamente documentadas, lo cierto es que el café ocupó un lugar en su concepción del trabajo literario.
Y hasta puede parecer inocente, en el mejor de los casos, viendo cómo en el siglo posterior otras sustancias mucho más potentes acababan apropiándose de los hábitos de algunos escritores, que por naturaleza siempre han tenido ese aire de alma atormentada, sujeta a dependencias irresolubles, a obsesivos desvelos, cansada de todo y de todos, pero manifestando una afilada pulsión creativa, la cual solo puede abrirse camino a través de la palabra.



Mostrar comentarios de los lectores+