Llamarse Franco

Me llamo Franco, y sabe Dios que lo siento en el alma. Cada vez que alguien menta sin querer al tirano, yo me vuelvo como si una voz me llamase y al instante me doy cuenta de que no es a mí a quien se refieren, aunque jamás imaginé que podía engendrar mi nombre tal…

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El rey de los niños

Alonso quería conocer otros mundos; a los diez años, la tomó con Alejandro Dumas y Walter Scott, y de ahí ya no hubo forma de sacarle. Pasaba las horas encerrado en la biblioteca de su padre devorando libros de aventuras y, cuando salía para la comida o alguna reunión familiar, acababa de convencerse de que…

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El descuartizador de relojes

Conozco a un señor muy curioso cuya manía es asesinar relojes. Los aplasta, los descuartiza, los lanza por la ventana, los pisotea, juega con ellos al fútbol, les arranca de cuajo las agujas mientras todavía le duran las pilas. Es un asesino en serie de relojes. Se despierta por las mañanas a eso del amanecer…

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Tengo una bomba

Cuando abrí los ojos, tenía una bomba de relojería entre las manos. Aunque su forma era la de esas redondas y negras con una pequeña mecha de las que salen en los cómics, extrañamente tenía un temporizador. Una luz roja parpadeaba en la parte superior y un leve zumbido me indicaba que aquel artefacto de…

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Los tejados

De noche, los tejados parecen el lugar más tranquilo del mundo. Los hombres duermen en sus casas y las terrazas quedan a merced de los gatos y las cucarachas. Basta asomarse un instante a la ventana para contemplar, en el edificio de enfrente, las chimeneas sombrías y puntiagudas, formando un bosque inmenso de estirados cipreses….

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Muerte de un lector

Pedro Soler abrió un libro, leyó la primera línea y murió de repente. Cuando el inspector García encontró el cadáver, le extrañó descubrir una afable sonrisa en su semblante. Recogieron el libro con sumo cuidado para que lo examinara la policía científica. Los resultados no fueron concluyentes. Pero cuando el forense entregó el informe de…

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Relato de un ingenuo que creía ser culpable

Todo comenzó una noche en que Losada se levantó de la cama, corrió a la ventana, alzó el brazo, apuntó con el dedo a un hombre que pasaba por allí, carraspeó tres veces antes de ponerse rojo y exclamó al fin con los siguientes vocablos: «¡Eh, tú, desgraciado! ¡Escúchame bien!». El hombre interpelado miró hacia…

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El demonio de mi habitación. Relato nocturno

«¡Mátalo, mátalo!», gritaba, mientras una luz negra y parpadeante se paseaba por el techo de su habitación. Rogelio luchaba contra las sábanas, meneando las piernas, torturándoese en la inapelable agonía de su sueño. El pánico lo aterraba, allá en su atmósfera subjetiva, pero había un propósito en su alma por el que valían la pena…

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