Subí la escalera peldaño a peldaño; el sudor se deslizaba por mi frente; el corazón golpeaba mi pecho con la fuerza del martillo de un reloj. Cuando mis pies llegaron al rellano, me entretuve un momento a escuchar el silencio. Había una ventana abierta por la que se veían algunas viejas casas del pueblo; sentía en mi cara el contacto de una brisa caliente, grasienta, que llegaba desde la posada del otro lado de la calle. Se respiraba la calma. Las paredes, ajadas y deslucidas, se veían tan negras como el hollín; eran tan gruesas que no podía oírse nada al otro lado. Seguí subiendo, con cuidado de que la punta de mi espada no rozase con la madera. El menor ruido podría haber puesto a mi adversario en fuga; debía ser muy cuidadoso si quería que esta vez no se me escapase.
Al llegar arriba, avancé despacio; no quería equivocarme de aposento. Escuché un ruido a mis espaldas. Agucé el oído. Sin saber a ciencia cierta qué podía ser, me emboqué hasta los ojos en la capa y di la vuelta atrás, en dirección a las escaleras. Allá abajo, una bola blanca de pelo, con dientes afilados y nariz fofa, dejaba escapar un ladrido nervioso, como si diera la voz de alarma. Enseguida me asusté; alguien encendió una tea al otro lado de la puerta, por cuya rendija se percibía la sombra de unas botas. Escuché un ruido. Me di cuenta de que ya no podría sorprenderle, y que al poco rato tendría que batirme. Eché mano al pomo de mi espada, dispuesto a enzarzarme en aquel terrible lance. Esperé y esperé. La bola de pelo blanco subió las escaleras como una exhalación; no dejaba de ladrar. Estaba ya en el descansillo, a unos pocos pasos de mí. Lo miré y después seguí contemplando la puerta, esperando que se abriese de un momento a otro. Antes de que pudiera dar el siguiente respiro, el perro me zarandeaba los bajos de los calzones oscuros con diminutas dentelladas. Traté de disuadirlo para que callase, pero él pugnaba con la furia de un soldado. Sudoroso y airado, me volví hacia el pobre animal, mohíno y con los calzones y las botas maltrechas, dispuesto a propinarle un puntapié. Sin embargo, al otro lado de la puerta, escuché otra vez un sonido de pasos y como que se hubiera abierto una ventana. Con el molesto zascandil todavía mordisqueándome los calzones, empujé la puerta con el pie izquierdo y acto seguido desenfundé la espada, dispuesto a batirme con el más temible rufián. Había esperado durante años aquel momento; por fin había de hacer realidad mi venganza. En el trance, mi sombrero negro de ala ancha cayó al suelo, y entré en el aposento desgreñado y desembozado, sin apenas aliento, con los ojos desencajados y llenos de ira. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que allí no había nadie, sino tan solo un apacible anciano que descansaba en un sillón frailero, acompañado de una señora aparentemente de su misma edad, con una toca anudada bajo la barbilla y una saya gris larga, la cual amasaba el pan con ambas manos sobre una artesa de madera.
Tardé unos segundos en cerciorarme de que me había equivocado; los ojos de ambos me miraban aterrorizados. Incluso el pequeño perro blanco había dejado de morder mis calzones y me observaba cabizbajo, como si fuera consciente de lo embarazoso del momento. Yo movía los ojos hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo, como con una esperanza de que mi oponente pudiera estar en algún sitio, agazapado tal vez en el techo u oculto tras un biombo. Di algunos pasos por el aposento ante los compungidos esposos; saqué la cabeza por el ventanal y miré hacia arriba y hacia los lados; no parecía haber indicios de que nadie hubiera trepado hasta el tejado. Todo estaba sereno. Avergonzado y convencido de que aquel no era el lugar correcto, enfundé de nuevo mi espada. Observé a los ancianos, que se abrazaban el uno al otro, temblorosos y rezando un avemaría entre dientes.
—Les ruego me disculpen vuesas mercedes —dije con voz queda, mientras recogía el sombrero de ala ancha—; parece ser que estaba mal informado.
Y caminando muy despacio, volví dando pausadas y solemnes zancadas hasta la puerta, mientras la bola de pelo blanco, ya más sosegada y haciéndose cargo de la situación, me acompañó amablemente hasta el rellano y contempló luego silencioso cómo bajaba las escaleras.




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