Cuando leo la escena del cura y el barbero quemando los libros de caballerías que no son de su agrado, lo percibo como una muestra más de nuestra llana ignorancia, nuestra natural palurdez, nuestro sempiterno atraso. Aunque su denuncia en El Quijote pudiera parecer una crítica mordaz a la falta de libertad de expresión de la época, al magufismo eclesiástico, cuando lo lee hoy el lector se le antoja un episodio inocente, un ejemplo de nuestra testarudez provinciana, por lo que tiene de arbitrario y de absurdo el quemar unos libros y no otros.
Sin embargo, cuando vemos películas como La ladrona de libros (2014), que echaron hace poco en televisión, y contemplamos a esa jauría de nazis enrabietados con el brazo en alto, alimentando la hoguera con el saber humano y cantando desatados el himno alemán al calor de las llamas, la sensación es bien distinta. No produce simpatía, sino repelús. Eso ya no es simple manifestación de pudor intelectual, no es una ocurrencia de unos señores de provincias ajados y con manías religiosas inquisitoriales, sino de gente joven, culta y avanzada que se deleita en la disolución del conocimiento y la destrucción de lo diferente.
Es la ceremonia vandálica colectiva de quien ha convertido el Mein Kampf en su Biblia, y creen que no hay más libro que valga. Es la sistematización totalitaria de ese pequeño acto de unos lugareños, con el acompañamiento de un aquelarre hitleriano en el que no se arrojan libros en función de su moralidad o de sus valores, sino por el mero hecho de ser libros y porque, si no son válidos para la causa nazi y de su führer, no merecen existir.
Leer no nos hace superhombres, sino todo lo contrario; nos hace conscientes de nuestras bajezas, nuestra decadencia, y por lo tanto, aminora nuestro orgullo, o así debería ser. Pero para eso no hay lugar en una sociedad enferma en la que se encumbra al héroe de acción germánico sobre la figura del intelectual reflexivo, la del que siente la tentación de pensar, y para eso, sustrae los libros de la hoguera aunque tal vez aún estén calientes y humee todavía en ellos el incienso de la sabiduría.
La película La ladrona de libros, dirigida por Brian Percival, está basada en el libro de homónimo nombre, escrito por Markus Zusac en el año 2005. No lo he leído, pero la obra ya era popular antes que la película. Cuenta la historia de Liesel, una niña alemana que vive en medio del fragor nacionalsocialista y la Segunda Guerra Mundial, un relato que nos introduce el crudo invierno alemán, el terror de vivir en una nación a la que ya no puedes llamar patria, porque poco a poco han ido convirtiéndose en los malos.
El miedo a hablar, a sentir o siquiera a hacer pervive a lo largo de toda la atmósfera del filme, en la que se ensalzan los pequeños placeres clandestinos del libre pensamiento. Te sientes constantemente vigilado, tienes miedo de lo que el otro pueda decir o a hacer, la sombra de la acusación permanece siempre sobrevolando el umbral de tu casa. El sótano, ese sótano en el que hacemos todo lo que debería ser normal, se convierte en un refugio para el alma, un lugar en el que es posible expandir los horizontes, lejos de la barbarie nazi.
En La ladrona de libros podemos ver al genial Geoffrey Rush, cuya presencia y cuya voz de doblaje acaba bastando para que te guste cualquiera de sus películas. La protagonista, interpretada por Sóphie Nelisse, tiene un no sé qué en la mirada que la convierte en un personaje especial. Alguien que, como el propio título de la película dice, tiene el vicio cleptómano de sustraer libros, sólo que en este caso su pasión por el robo viene a ser en realidad una virtud, un desfogue necesario en una época terrible.
Si alguien tiene tiempo, recomiendo que vea la película desde el principio, para sumergirse en aquella época de esvásticas y de negritud, que en el fondo no nos es tan lejana en el tiempo.