Thomas Pynchon y los escritores que renunciaron a la fama

Thomas Pynchon y los escritores que renunciaron a la fama

Se tiende a pensar que ser escritor conlleva ciertas obligaciones: aparecer en fotos, conceder entrevistas, firmar libros en las grandes cadenas de librerías; en definitiva, que su nombre sea conocido y nombrado. El show business forma una parte esencial del juego literario, y el que no participa de él y prefiere permanecer en la sombra, de algún modo está cavando su propia tumba o echando piedras contra su propia tejado.

Frente a los anhelos de fortuna y gloria, hay autores que han preferido mantenerse lejos de la luz pública. El anonimato es su forma de resistencia, una forma de permanecer ajenos a las imposiciones de una sociedad a la que, por otra parte, les disgusta, y que a menudo critican en sus novelas. 

Uno de esos autores es Thomas Pynchon, nacido en 1937, que ha regresado a escena después de doce años sin que llegara nada nuevo suyo a las librerías. Su última novela, A oscuras, publicada por Tusquets en mayo de este año 2026, está ambientada en la Gran Depresión y cuenta la historia de un detective privado, Hicks McTaggart, en Milwaukee, que recibe el encargo de encontrar a una joven heredera hasta que la trama se complica con nazis, espías rusos y personajes de todo jaez.

Thomas Pynchon, el escritor que aparece y desaparece

Viendo la bibliografía de Pynchon, llama la atención sus largos períodos de silencio. Su última novela antes de ésta fue en el año 2013, con Bleeding Edge, casi doce años atrás. Pero ese no ha sido su mayor récord; el autor, del que apenas sabemos que estudió Ingeniería y Literatura Inglesa y vive en Nueva York, pasó entre 1973 y 1990, sin publicar una nueva novela. 

Sí que se editó, no obstante, en 1984, un pequeño libro de relatos de juventud, titulado Slow Learner: Early Stories. Pero más allá de eso, hablamos de un autor que de algún modo no siente la imposición de publicar por publicar para ganarse la vida, sino que básicamente escribe y publica lo que quiere y cuando quiere.

Echando un vistazo a la biografía del reservado escritor, llama la atención que llegara a prestar su voz para hacer un cameo en The Simpsons, donde aparece cubierto con una bolsa en la cabeza.

Que él haya querido permanecer ajeno a la insidia de los reporteros no quiere decir, sin embargo, que no se le llegara a grabar. En una ocasión, cuando la CNN consiguió filmarlo en 1997, llamó expresamente a la cadena para quejarse, y finalmente decidieron no publicar las imágenes. Con todo, sólo se conoce una foto suya de 1956 con uniforme de la Marina, cuando apenas tenía 16 años.

J. D. Salinger y los escritores que decidieron huir de los focos

Hay muchas formas de permanecer alejado de los medios. Y no solo como operación de marketing, sino por pura voluntad de anonimato. El caso más paradigmático es Elena Ferrante, aunque como es lógico, hay investigaciones, quinielas y misterios sobre quién pueda ser.

Un caso diferente es el de J. D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno, aunque lo suyo fue más bien un aislamiento voluntario. En su caso sí se conocen fotografías y sí concedió entrevistas, pero odiaba la publicidad y fue retirándose paulatinamente de la vida pública. E incluso dejó de publicar libros después de 1965. En una entrevista concedida al New York Times en 1974, titulada J.D. Salinger speaks about his silence, señaló:

«There is a marvelous peace in not publishing. It’s peaceful. Still. Publishing is a terrible invasion of my privacy. I like to write. I love to write. But I write just for myself and my own pleasure.» 

Compartir las historias puede ser noble y agradable; cuando, en cambio, el escritor se convierte en un producto mediático, sometido a los rigores de la fama, la mirada del lector se desvía desde las páginas del libro a la persona, y la persona, como en el caso de Pynchon y tantos otros, desea simplemente hacer su vida y que le dejen en paz.

La obra es más importante que el escritor

Se nos conoce por lo que escribimos. Detrás de ese afán de misterio y silencio mediático se esconde un principio, para muchos autores, sagrado; y es que se ha de juzgar la propia obra por su valor, al margen de quién sea o cómo viva la persona que la ha escrito.

Si esta decide, por otra parte, que no desea exponerse al escrutinio del gran público, no hay razón lógica para tener que abstenerse de escribir. Simplemente, se trata de permanecer ajeno a lo mediático, lo cual no ha de confundirse con ser un escritor huraño, sino con el deseo más que justificado de mantener la paz de una existencia sin sobresaltos.

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