Quien sueñe con dedicarse al mundo literario se habrá hecho en más de una ocasión esta pregunta, sobre todo en las noches de duda. ¿Qué sentido tiene la literatura y por qué dedicarse a ella? ¿Acaso posee algún sentido ocuparse de «mentiras»? Platón, hablando por boca de Sócrates, en el Libro X de la República, definió a los poetas como «imitadores de fantasmas» y sostuvo que estos no llegan a tener conocimiento de la realidad, sino solo de su apariencia.
Expulsarlos de la sociedad ideal viene a ser, según tal punto de vista, la única salida posible; pero no hace falta partir hacia el destierro, pues de algún modo muchos escritores, por su condición de tales, habitan en un profundo exilio interior del que no les es posible escapar. Los escritores habitan entre nosotros, pero nunca serán nosotros, y de ahí la continua búsqueda de sentido a algo que en ellos surge por incontrolable necesidad del espíritu.
Con todo, hay muchas otras formas de ver la literatura, y si nos ponemos a indagar sobre la función o utilidad de esto y lo otro, podríamos acabar llegando a conclusiones inquietantes sobre la mayoría de las cosas. En este artículo me propongo analizar algunas causas por las que el arte, lo bello, lo literario, la poesía, «el arte de la imitación», la mímesis en cualquiera de sus formas, o quiera usted llamarlo como le apetezca, puede tener un sentido.
La literatura por su utilidad económica
La lógica dicta que todo en este mundo tiene su razón de ser en que ha de servir para algo. No se sabe siempre del todo ese algo en qué consiste, aunque el que más y el que menos está pensando en la utilidad económica. Si los libros, se piensa, han de generar ingresos al que los escribe, en una relación comercial donde ambas partes, lector y escritor, quedan satisfechas, la literatura ha cumplido su función, y por tanto, tiene sentido hacerla y perpetuarla.
No me opongo a que se vea la literatura desde tal concepción utilitarista, pues al fin y al cabo, es el mercado lo que sostiene su existencia; el deseo de hacer algo ha de tener una motivación, un propósito, cualquiera que éste sea, y eso ha de poder traducirse legítimamente en doblones, como justo pago por el trabajo hecho.
Los libros importan en el aquí y el ahora; si pasan a la historia, nosotros no estaremos aquí para verlo, aunque altruistamente pueda importarnos, de algún modo, lo que digan de nosotros y de lo que escribimos.
La literatura como forma de dejar un legado
Cada vez nos importa menos la literatura en ese sentido, como legado del mundo en el que nosotros vivimos, sin embargo, pues la tendencia se halla en lo que podemos sentir y tocar en este momento, y el que venga años o siglos más tarde, allá se las componga.
No obstante, deberíamos percatarnos de que es una de sus funciones básicas, pues el libro, salvo que se pierda en el polvo de la historia, permanece; no siempre el libro como objeto, que se deshace y finalmente muere, sino las palabras que se escribieron en él y que pueden ir de cabeza en cabeza, de lengua en lengua, y al final pudieron adquirir mil formas distintas y quedar en la imaginación de millones de desconocidos.
La literatura como refugio ante lo extraño
Puede concebirse la literatura no por el beneficio económico inmediato que aporta, sino como válvula de escape ante un mundo que no se entiende. Es, con frecuencia, vista de este modo por quienes no aceptan la realidad o ven que ésta es demasiado anodina, mediocre, insignificante, monótona, como para ocuparse de ella en los ratos libres.
El que es contemplativo y no tiene tiempo ni interés de arreglar al mundo suele ser el más próximo a este tipo de pensamiento; usa la literatura para su catarsis personal frente a una existencia ante la que ha de volver una y otra vez (normalmente los lunes por la mañana).
Pero no siempre es lo externo lo que nos da miedo, lo que nos sobrecoge; no siempre tratamos de huir de una vida indeseada. A veces, por el contrario, escapamos de nosotros mismos, y encontramos en el bosque de páginas que compone un libro escrito ese lugar de solaz, ese callejón de silencio, donde escondernos mientras pasa la tormenta. Podría decirse que es una manera de entretener la mente, de adormecerla, para que permanezca a salvo de sí misma y de sus propios demonios.
La literatura como vehículo hacia una existencia soñada
Pero no debemos olvidar al que recae en los brazos de la literatura por ambición, por el sueño de ser un yo-diferente, en el que el espíritu habla y construye, a falta de una vida interesante en la que poder desarrollar ese afán de gloria y vanidad humana; buscamos la admiración de la masa porque estamos encantados de habernos conocido, o cuando menos, pensamos que sería divertido que nuestras rarezas fuesen aplaudidas.
Se dice a menudo que este tipo de amantes de la literatura acuden a ésta por motivos espurios; no es la literatura, en el fondo, lo que desean, sino las alegrías y experiencias sociales que ésta pueda proporcionarles, y tan pronto como descubren que escalar a la cima literaria no es tan fácil como habían soñado, y que sus ansias de gloria no han sido satisfechas, se decepcionan y maldicen el mercado, y a los escritores, y a la madre que parió a cada uno de ellos.
La literatura como religión laica
El hombre, cuando se considera huérfano de Dios, busca fórmulas para rellenar ese vacío interno; tras la renuncia a las fórmulas de la religión organizada, inventa las suyas propias para salir adelante, pues de algún modo, en su soledad, se siente desnudo; un ser diminuto, insignificante, sin sentido, en un apartado lugar del universo.
La literatura puede convertirse en esas vestiduras de piel que tapan su vergüenza en la oscuridad de su alma mientras, en su huida, todavía escucha los ecos del Huerto del Edén. Sin embargo, es una forma de convertir lo que decían los ancestros (pues los libros están hechos del alma de nuestros ancestros) en la manera de calmar su alma sedienta, un sucedáneo de pedazos de espejo que vanamente intenta volver a recomponer.
La literatura como creación
Si volvemos a la vista atrás, la literatura muchas veces se manifiesta como el reflejo de nuestras carencias, y no como un arte en sí, no como un tranquilo esfuerzo por crear belleza, sino como un ansia de explicar el mundo; explicar un mundo grande con palabras de niño. Escribiendo se sufre, se muere, se crean expectativas que jamás se cumplirán y se viven historias que, de algún modo, vienen a mostrar que la mente humana va más allá de los límites de la razón, aunque no pueda desasirse de ella.
Consuela saber que el ser humano, incluso como juguete roto, aún posee un sentido, y permanece en lo arcano de su alma ese instinto creador que sólo un espíritu creativo pudo insuflarle.

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