El oficio del escritor requiere trabajo, disciplina, un poco de silencio, un ambiente adecuado, un café sobre la mesa, un gato encima de la cómoda (sea real, o de granito o de latón), una ventana desde la que se vean las buhardillas de París o al menos entre el aire, y una lámpara negra estilo industrial para crear esa atmósfera en la que, mientras sale humo de nuestras orejas, pasa uno los minutos observando las delicadas motas de polvo que sobrevuelan los alrededores de la bombilla como en un sistema solar cualquiera.
Y libros, muchos libros, para escribir hacen falta libros por todas partes, estanterías repletas de libros distribuidos desordenadamente, o incluso libros sin ton ni son, colocados en el sillón de cuero, o en los peldaños de la escalera de caracol, o en el suelo si no hay otro mejor lugar. Libros viejos, nuevos, de segunda, y tercera y cuarta mano. Cuantos más libros haya en el escenario del crimen (permítaseme llamarlo así), mejor para el proceso creativo.
El arte de escribir ha trascendido a lo largo de los siglos, manifestándose de mil maneras, desde quienes escribían sobre papiro con cálamos de junco hasta la pluma de ave, la pluma con punta de metal, la estilográfica, y lo último en tecnología de finales del XIX, la máquina de escribir, por no hablar de los más modernos y actuales inventos, desde quienes simplemente usan un ordenador para compartir sus ideas a quienes desde antes de ayer empezaron a publicar diez libros al día con la inestimable ayuda de sus agentes de IA y sin apenas aporrear las teclas.
Todos quienes se han dado al oficio de la escritura, sin embargo, poseen una cosa en común, y es que el proceso de escritura es puramente introspectivo, sean cuales sean los instrumentos o herramientas para escritores que se hayan querido utilizar.
Como vemos que la tradicional pugna del escritor con la página en blanco está claramente en retroceso y nuestras mentes se van volviendo cada vez más y más vagas, me he propuesto poner en este artículo algunas herramientas que pueden ser de ayuda para quienes desean entregarse a la titánica tarea de escribir un libro.
Herramientas para escritores: elementos imprescindibles para quienes desean practicar el oficio
Todos usamos herramientas, pero no nos paramos a pensar en que para escribir dependemos de ellas. Simplemente, lo hacemos. Pero en los objetos que tienes cerca a la hora de enfrentarte a la página en blanco está parte del encanto y del arte de la escritura.
1. Diccionario de la Real Academia (y otros diccionarios)
Para escribir hay que saber el significado de las palabras, y para saber el significado de las palabras, hay que buscarlas en el diccionario. El de la RAE está en línea y al alcance de cualquiera, por lo que puede ser de ayuda para quien desea penetrar en el sentido de los términos y no simplemente soltar palabras que le suenen bien, aunque dándoles un significado que no les corresponde.
Más allá de los diccionarios online, como el WordReference, que pueden sacarte de algún que otro apuro, no deja de ser conveniente tener otros tipos de diccionario a la distancia de una mano.
- Diccionario de sinónimos y antónimos
- Diccionario de uso del español
- Diccionario panhispánico de dudas (DPD)
- Diccionario etimológico
2. Un procesador de textos
Cualquiera puede escribir en un Google Docs o en un Microsoft Word, o en un Open Office Writer, o incluso en el bloc de notas si hace falta. Normalmente las grandes ideas que van a generar una sesión de escritura de 2000, 3000 o 4000 palabras de una sentada requieren de una herramienta digital cómoda que nos permita escribir a una cierta velocidad según vayan fluyendo las ideas.
Hay quienes prefieren escribir a mano, o en un acto de extrema rebeldía, usar una máquina de escribir de las antiguas, una Olivetti Lettera 32 o una Olympia Carrera de Luxe, como la que usaba Javier Marías. Sea como sea, la cuestión es disponer de un aparato con teclas que te permita retener en un papel o una pantalla lo que vayas a contar.
3. Un cuaderno de papel y un boli de los toda la vida
Parece algo demodé, pero resulta de lo más práctico. Se puede encontrar en cualquier bazar oriental (que es la forma elegante y correcta de decir «los chinos»), o si me apuran, en cualquier papelería de barrio tradicional, si es que aún existen.
Algunos optarán por los cuadernos Moleskine (en un intento de emular a Hemingway o Picasso, aunque ellos nunca los utilizaron de esa marca, que ni siquiera existía). Otros optarán por todo tipo de libretas de colorines, a cual más despampanante y estrafalaria. Pero, en realidad, para el cometido que se busca, bastaría con una libreta de anillas tamaño cuartilla de toda la vida. Después del desayuno, a eso de las seis de la mañana, cuando no se oye nada y la luz del día apenas asoma por el balcón, suele ser el mejor momento para ponerse a emborronar el papel con las primeras ideas que broten de la mente.
En la era digital, este ritual extraño y misterioso de escribir a mano, en un pupitre de madera, con la luz amarillenta del flexo encendida, mientras el móvil llora guardado en un cajón, es de las experiencias más extremas que puede degustar la mente.
4. Scrivener (para los muy cafeteros)
Es un gestor de proyectos literarios más que un procesador de textos, aunque también sirve como tal. Se trata de una forma un tanto sofisticada de escribir un libro, pero que se utiliza ampliamente en la literatura indie y cada vez en más tipos de proyectos.
A diferencia de un Word cualquiera, Scrivener tiene herramientas para crear de forma digital toda una serie de asuntos que muchos autores han gestionado toda la vida con notas adhesivas y tableros de corcho. Se pueden crear fichas de personajes, tarjetas resumen de cada escena y ver las estadísticas de lo que escribes, y pasarlo después a pdf o epub.
5. Una silla de oficina
Dirán que esto es irrelevante para la escritura, que se puede escribir sentado en el suelo del aeropuerto o en una tumbona en la playa, que a quién le va a importar desde dónde escribe uno, y que como si quisiera hacerlo desde la joroba de un camello. Pero no, aunque los dedos puedan escribir en cualquier parte y nuestra mente concentrarse en el objetivo de su escritura, nuestras posaderas necesitan un sitio agradable desde el que más o menos soportar el embiste literario, el cual puede durar varias horas.
Cada cual ha de decidir, a la postre, en qué tipo de silla ha de sentirse más cómodo. Yo recomendaría simplemente que sea lo suficiente mullida para recoger el cuerpo con suavidad, con un respaldo que permita mantener la cabeza erguida y protegida, con un asiento regulable que nos permita colocar la cabeza a la altura de la pantalla.

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