En El higo del Edén, novela galardonada con el Premio de Novela Fundación Mediterráneo y publicada por Editorial Pre-textos, Roberto Cambronero nos traslada a la Costa Rica del siglo XVIII, donde la aparición de una misteriosa criatura despierta los temores y las supersticiones de sus habitantes.
Con una trayectoria literaria que comenzó en la dramaturgia, el escritor explora los límites entre lo racional y lo sobrenatural, adentrándose en las contradicciones de la condición humana. Conversamos con él sobre su novela, sus influencias literarias y su particular manera de entender la escritura.
Comenzó su trayectoria literaria en la dramaturgia y posteriormente se adentró en la narrativa. ¿Qué le ha aportado el teatro a su manera de escribir novelas?
R. C. El teatro es un gran maestro en dos vertientes. La primera es la consolidación de la escena, es decir, la visualización. Uno aprende a enfocarse en la unidad, en el espacio (dígase un croquis, la arquitectura) pero también en darle vida. No es un bodegón, hay que mantenerlo dinámico y, por supuesto, en la novela hay más posibilidades de hacerlo que en el teatro por sus limitaciones materiales. La segunda es el estudio de personaje. Esto es central para el teatro, hay que dimensionarlo hasta que pueda encarnarse en el actor.
¿Qué libros y escritores despertaron su vocación literaria? ¿Cuáles considera fundamentales en su formación como novelista?
R. C. Un escritor tiene que ser primero un lector y, por lo mismo, la lista es muy larga, así que voy a dar una respuesta que es solo parcial. En el eje siempre va a estar Cervantes, por supuesto. Si no me equivoco Carlos Fuentes releía el Quijote cada Semana Santa. Luego están los del siglo XIX, de los que elegir solo un par ya es un pecado de omisión. Pero nombraría especialmente como modelos ideales a Balzac, Tolstoi y Thomas Mann. De los más contemporáneos pienso en Anne Carson, César Aira y Annie Ernaux.
«El higo del Edén» ha recibido el Premio de Novela Fundación Mediterráneo. ¿Qué supone para un escritor costarricense recibir este reconocimiento literario en España?
R.C. Pues España sigue representando un espacio de consagración, pero, sobre todo, este es un premio que se ha manejado más por la calidad literaria que por un deseo comercial. Eso es lo que más me alegra.
En su obra, la aparición de una misteriosa criatura altera la vida de una comunidad rural de la Costa Rica del siglo XVIII. ¿Cómo concibió la novela y qué le inspiró a escribirla?
R. C. En un sentido estético siempre me ha fascinado la ruina, lo petrificado, el fósil. La criatura entre en esto: no está viva. Sin embargo, el motivo real para escribirlo fue crear una especie de simulación. Coloqué diferentes caracteres, diferentes tipos sociales en una aldea, una que está situada justo donde vivo actualmente, y los hice reaccionar a este misterio. Un poco como un experimento (digamos como un naturalista del siglo XIX) sobre lo que somos capaces de hacer ante algo que no comprendemos.
Uno de los grandes temas del libro es el poder de las supersticiones. ¿Cree que las sociedades contemporáneas son menos supersticiosas que las del pasado o simplemente han cambiado sus creencias?
R. C. No creo que la humanidad pueda vivir sin supersticiones, no creo que hayamos disminuido ni aumentado. Solo cambiamos los nombres y las fuentes de donde emanan.
En la novela parecen convivir lo religioso y lo fantástico. ¿Qué importancia tiene lo sobrenatural en su manera de entender la literatura?
R. C. Cuando escribo, me interesa lo humano. Y no puedo desligar lo humano de lo sobrenatural, porque es parte inherente de sus concepciones de vida. Hasta las personas más racionales tienen un poco de panteístas: adoran ciertas cosas, le tienen fe ciega, creen que ciertas abstracciones pueden influir en su vida. Pienso en el poder que todavía tienen las leyendas urbanas, por ejemplo, pueden impedir que un grupo de jóvenes vayan a un lugar donde hay un peligro figurado. Lo sobrenatural, aunque lo neguemos, nos conduce todavía.
¿Considera que el humor permite abordar determinados aspectos de la condición humana con mayor libertad?
R. C. Por supuesto, es quizás el método más efectivo para llegar a las llagas más dolorosas de la condición humana. Entre más absurdo, mejor. Pienso en los rinocerontes de Ionesco. No es ponerle azúcar al remedio, pero sí lograr que lo incómodo sea más tolerable y mucho menos propenso a la censura.
Tiene una trayectoria literaria amplia para su edad. ¿Cómo concibe su evolución como escritor? ¿Hay algún territorio literario que todavía no haya explorado y al que le gustaría acercarse?
R. C. Muchas gracias. Mi evolución me parece bastante común. Como muchos autores jóvenes empecé con la poesía y como muchos autores jóvenes fracasé. Quizás entrar al teatro fue la decisión más distintiva, en especial porque no tengo formación ni como actor ni director ni tengo estudios teatrales, sino que mi única formación es como lector de dramaturgos. Después, entrar a la narración fue un paso natural. Muchos dramaturgos lo hicieron, por ejemplo, Tennessee Williams fue cuentista, aunque estos quedaron eclipsados por su éxito teatral. El terreno literario al que aún espero llegar es el ensayo. Aunque ya he escrito columnas y artículos, creo que el ensayo es un género que me provoca reverencia, es uno de pensamiento, de madurez, de preparación.

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