El escritor egipcio Naguib Mahfuz ganó el Premio Nobel de Literatura en 1988, el año en el que yo nací. Aunque no quiso acudir personalmente a Estocolmo para recogerlo, dada su palmaria introversión, su discurso fue leído en su lugar por el dramaturgo Mohamed Salmawy.
Casi pidiendo disculpas por perturbar la calma de los asistentes, se presentó como un «hombre del Tercer Mundo», amén de un hijo de dos civilizaciones, la faraónica y la islámica, lo que de algún modo le dejaba en tierra de nadie a pesar de considerarse musulmán.
¿Cómo encontró el hombre del Tercer Mundo la paz mental para escribir historias? Por suerte, el arte es generoso y compasivo. Así como convive con los felices, no abandona a los desdichados. Ofrece a ambos por igual los medios convenientes para expresar lo que anhelan.

Naguib Mahfuz escribió toda su obra en lengua árabe, aunque sus libros se tradujeron al inglés y otros idiomas, lo que permitió que no acabara sus días como un perfecto desconocido. De él he leído sus historias egipcias, como «La batalla de Tebas» y «La maldición de Ra» que, junto a «Rhadopis de Nubia», forman parte de la denominada «Trilogía faraónica». Su narrativa meticulosa y realista nos traslada con maestría a un lugar y a un tiempo remotos, rellenando con la imaginación los huecos que la arqueología y la Historia no han sabido recomponer.
Sus obras más reconocidas son, sin embargo, las pertenecientes a la «Trilogía de El Cairo» («Entre dos palacios», «Palacio del deseo» y «La azucarera»), escritas entre 1956 y 1957, en las que se narra la vida de una familia cairota a lo largo de tres generaciones, reflejando la vida social con una mirada pura.
Nació en 1911, en años de la ocupación británica; estudió Filosofía en la Universidad de El Cairo y fue funcionario público hasta que se jubiló. En 1959, cuando publicó su novela «Hijos de nuestro barrio», una obra que fue considerada blasfema en Egipto y lo enemistó, como suele pasar tantas veces, aunque no fuera esa su intención, con el mundo musulmán. En 1994 sufrió un intento de asesinato por parte de militantes islamistas, y vivió mucho tiempo con escoltas.
En un primer instante, Mahfuz defendió a Salman Rushdie, tras la publicación de Los versos satánicos, frente a los ataques del ayatolá Jomeini, aunque más tarde se retractó de su defensa inicial al leer el texto, como se cuenta en una entrevista de Milton Viors para The New Yorker en 1990. Su legado ha sido controvertido, decepcionando a los árabes por su incómodo liberalismo humanista, y algo extraño e invisible en Occidente. A los escritores, al fin y al cabo, se les conoce por sus libros.
La maldición de Ra, y la lucha contra el destino inevitable

Hablo de La maldición de Ra (1939) porque es el libro suyo que he leído más recientemente. Su prosa pulcra y minuciosa tiene un encanto que me recuerda a Thomas Mann, ya que se desliza de manera elegante por el imaginario egipcio sin aspavientos artificiosos, ni lenguaje recargado, pero reflejando una estampa histórica y épica en la que casi pueden distinguirse los gestos y los movimientos de cada personaje.
La historia nos retrotrae a la época del faraón Keops, constructor de La Gran Pirámide, y su tema principal es la lucha contra el destino. De hecho, el título original en árabe (Abath al-Aqdar), puede traducir según los que entienden del asunto como «Ironía del destino». La historia tiene una cierta inspiración en la historia de Moisés, con un príncipe de Egipto obsesionado con matar a un rival, ya desde la cuna, que según los augurios le impedirá heredar el trono de Egipto.
Por las vicisitudes de la novela, donde el lector espera con impaciencia un desenlace ya imaginado, (pues, como en muchas historias basadas en el destino, guarda una estructura circular), se percibe también una insinuación simbólica de la historia de José en Egipto, que de algún modo va de menos a más, de la desgracia más absoluta al gobierno de facto como mano derecha del faraón, aunque salvando mucho las distancias.
Pero lo que más me gusta de este libro (pulcro, con un argumento sencillo, pero cautivador) es el peso reflexivo de sus diálogos, que de algún modo, son frases simbólicas arrojadas por el verbo hacia el vacío desierto, escritas para la historia y no solamente para los personajes, o para los ojos curiosos del lector que penetran en la historia.
Es esa elegancia literaria de Mahfuz que convierten sus novelas egipcias en libros de narrativa histórica realista, limpia, sin frases ampulosas, ni vocabulario rebuscado, pero extremadamente profundo. Sus descripciones parecen llevar implícito el carácter sensorial y la sabiduría mística del desierto, cual si oyéramos reflexionar a un príncipe Faisal (Alec Guiness) en Lawrence de Arabia.
Hay algo filosófico en el concepto del desierto, donde sólo puede contemplarse el horizonte, y un derredor que es todo sempiternamente igual. Así se siente y se aprecia la historia de La maldición de Ra, que es un libro que recomiendo para leer con calma, saboreando cada breve capítulo, como si no deseáramos llegar a ese final que ya adivinamos, y que representa el destino inevitable.
Para el novelista, de algún modo, saber todo lo que los hados han predicho al principio del libro es liberador, pues la historia conduce por su propia inercia hacia un final predefinido. Al igual que sucede, quizás, la propia vida humana, y no por ello resulta menos interesante. Tal vez también la del propio Mahfuz, que a pesar de no haber sido un gran viajero, encontró en la literatura la más viva expresión de sus contradicciones.
