Anda el río revuelto entre los defensores y detractores de la lectura. Al parecer, por las palabras de una cierta influencer llamada María Pombo, que atribuye a la prepotencia el pensamiento de que leer te hace mejor que los demás.
En cierto modo, sus palabras podrían ser defendidas por cualquier amante de los libros. Si los ánimos no estuvieran tan caldeados, quizás repararíamos en que uno es el debate de si deberíamos o no deberíamos leer, y otro distinto el de si leer o no leer nos hace mejores personas, en un sentido moral, o incluso político. Sobre lo segundo, debo decir que estoy totalmente de acuerdo.
La lectura te expone ante el mundo, pero no necesariamente alimenta tu humildad, ni capacidad de comprensión hacia el otro. Te hace más crítico, pero también puede volverte más orgulloso. Y además es un camino infructuoso. Ya lo dijo el sabio Salomón: «No hay fin de hacer muchos libros; y el mucho estudio es fatiga de la carne».
Alguno diría, además, que el objeto de leer no es el volvernos buenos, porque la lectura no puede lograr tal milagro. Yo, al menos, no voy buscando la solución a mis problemas en libros seculares; no creo en la literatura como religión (una religión politeísta, para colmo), donde cada día surgen nuevos profetas que se contradicen entre sí y reclaman, aunque de tapadillo, el culto idolátrico a sus marcas personales como el único verdadero.
Leer o no leer; he ahí el problema
Parece mentira que este sea el debate a estas alturas de civilización. Pero quizás lo más grave de todo es que no hayamos sabido centrar el foco en el intríngulis de todo ese asunto. Y es que el problema no es tanto si leer o no leer, sino cómo leemos y digerimos las lecturas.
Las lecturas mal digeridas generan fanáticos. No sólo fanáticos de la lectura, sino de tal o cual moda de pensamiento o autor. En ese sentido, incluso, la literatura puede ser incluso, hasta cierto punto, peligrosa.
El amor a los libros crea también postureo, en tanto que no leemos por alimentar algo en nuestro espíritu, sino para que los demás vean que leemos, o de algún modo, sentirnos superiores al resto de los mortales por el hecho de haber intercambiado ideas con un autor ya muerto y enterrado.
Hay quien hasta lee, o hace como que lee, por motivos espurios, para ligar; porque, de algún modo, se ha instalado en el alma de muchas personas que quienes leen son, en el fondo, más interesantes, aunque en realidad deberíamos pensar más bien que son, en cierto modo, más complejos. Y la complejidad puede ser también algo problemático para quien busca una vida sencilla.
A otros, la lectura los vuelve críticos, menos manipulables, con mayor capacidad de sobreponerse a las dificultades, o desmontar los engaños con su raciocinio. Está claro que a estos les ha beneficiado, aunque eso no quite que tal privilegio vaya acompañado de un cierto orgullo.
Más allá de la lectura, leer es observar
Creo que en este asunto, al igual que muchas veces, nos equivocamos porque no estamos hablando de lo mismo.
Leer no es simplemente el mero acto de abrir un libro y pasar la mirada por sus letras, palabras, frases y argumentos; no es contarle a tus amistades el último libro que has leído, haciendo que sientan menos cultas por no saber qué decir al respecto. Leer es, en cambio, exponerse a lo extraño, a lo desconocido, a aquello con lo que no se está de acuerdo.
Es un acto extremadamente individual.
De eso hablamos cuando hablamos de leer: de salir de tu propia mente para entrar en otra, aunque sea como invitado. De estar dispuesto a escuchar lo que otros dicen, aunque no estés de acuerdo con ellos, ni nunca vayas a estarlo.
Los defensores de la lectura no son siempre y necesariamente peludos y antipáticos elitistas que, tras cerrar la última página del Ulises de Joyce, salen a la calle muy ufanados a mirar a los demás como pobres desgraciados, carentes de su luz irradiante, y desde detrás de sus gafas de intelectual, sintiendo una mezcla de aristocrática lástima y menosprecio.
Más bien, al contrario, leer un libro es un trabajo de observación, más parecido al del antropólogo que observa el comportamiento de los orangutanes en la selva y toma notas en su libreta, que al de un filósofo encerrado en su biblioteca, empeñado en encontrar por fin la respuesta definitiva a los problemas de su alma en una nueva forma de pensar, una pose romántica o un modo elegante de describir la vida con un enfoque más o menos subjetivo, sea en prosa o en verso.
Tan escasa como la lectura se está volviendo la capacidad de observar lo que nos rodea, y eso es quizás porque estamos demasiado ocupados, tratando no de ser mejores personas (batalla totalmente perdida), sino de ser mejores que el otro.

