recuperar el hábito de la lectura

5 maneras de volver a leer: cómo recuperar el hábito de la lectura

Leer cuesta. Las pantallas han ido devorando poco a poco nuestra atención. Ante la tiranía de la inmediatez, permanecer atentos al camino lento de las líneas por el desierto de las páginas amarillentas se ha convertido en una labor titánica. Porque hay miles de reclamos que constantemente le recuerdan a nuestro cerebro… que nuestros ojos no deben permanecer en un mismo sitio demasiado tiempo, como si hubiera algo nos persiguiera, como si tuviéramos en verdad la obligación moral de atender a los múltiples estímulos que nos azotan.

Intelectualmente perezosos, es como si el hombre hubiera ido atando múltiples cuerdas a distintos miembros de su cuerpo. A veces esas cuerdas están sueltas, relajadas; otras, tensas y firmes. Unos empiezan a tirar por aquí y los otros por allá, hasta que llega un punto en el que, sin poder moverte del sitio, te sientes impelido a desfigurarte y caminar en todas las direcciones a la vez.

En vista de que el panorama de la lectura se vuelve cada vez más complejo, ello no es motivo para caer en el pesimismo. Se me ocurren algunas formas de volver a acostumbrar nuestro cerebro a la quietud, es decir, a la cálida conversación entre la mente y la palabra escrita. Voilà!

Volviendo a la lectura; retoma la costumbre de leer libros en papel

recuperar el hábito de la lectura

Quizás esto que digo a algunos pueda parecer innecesario. ¿Para qué acostumbrar nuestro cerebro a la parsimoniosa cadencia de la lectura, pudiendo mirar TikTok en un bucle infinito?

Si es eso lo que piensa, le invito amablemente a no seguir leyendo. Pero si de algún modo es usted de los que quiere recuperar el hábito de la atención, y no tiene ahora mismo nada que le distraiga, le conmino encarecidamente a echar un vistazo a estas ideas.

1. Busque silencio

Sólo en el silencio va a encontrar la quietud necesaria para no pensar en nada. De algún modo, debe contemplar la lectura como un placer prohibido, un escape natural al trajín imperioso del día a día. La lectura debe hacerse en un lugar silencioso.

No digo que se introduzca en la oscuridad de un armario, ni que esconda como un niño debajo de la cama, ni que se construya una casa-árbol en algún rincón del jardín para estar solas cuando está enfadado.

Pero, a veces, el mero hecho de buscar un sitio en el que podamos estar solos, siquiera durante unos instantes, puede ser suficiente.

2. Lleve libros de repuesto

Uno de los motivos por los que podemos perder rápidamente la concentración es que, después de iniciar la lectura, descubramos que el libro que estamos leyendo no nos gusta.

La narrativa puede hacerse tediosa si no nos identificamos con los personajes, o el narrador, o la historia se escabulle por innecesarios vericuetos que hacen más larga y desesperante la historia.

En tal caso, a fuerza de contradecirme a mí mismo, le diría que cambie de libro. Llevar cuatro o cinco pequeñas novelas en una bolsa puede ser bastante para que, en caso de que alguna historia le aburra, pueda pasar rápidamente a la otra.

Al trabajar el hábito de la lectura, ser caprichoso es un deber moral.

3. Entienda que la lectura es un placer antiguo

Piense que la lectura es un proceso de conversación con lo antiguo. Las personas, hace algo más de un siglo y medio, no tenían pantallas ni radios en sus casas. Se comunicaban mediante cartas, telegramas, telégrafo o incluso (qué barbaridad), yendo a visitar a alguien a la intimidad de su hogar en lugar de enviarle un rápido mensaje de Whatsapp.

Así, pues, imagínese que las personas no tenían imágenes en movimiento a las que acudir cada cinco segundos, sino que tenían todo que recrearlo con la mente, y era la palabra escrita el medio de comunicación más sencillo para que la mente pudiera pintar sus propios escenarios de realidad virtual.

De algún modo, está explorando un mundo diferente, con personas que hablan distinto idioma y manejan diferente tecnología. Piensa, sin ir más lejos, que es altamente probable que el autor de las páginas que estás leyendo lleve años o siglos enterrado. Estás sosteniendo un diálogo con un muerto, aunque él ya no pueda responderte.

4. Vaya usted a husmear a las bibliotecas

Para leer libros, rodearse de libros puede ser lo más inspirador. Tenerlos en casa es lo ideal, pero si todavía no ha llenado sus estanterías de muchas más obras de las que se pueden leer en una vida, entonces hay un universo al que acudir donde puede usted escoger entre miles de volúmenes.

Esos almacenes de palabras, cada uno con su intrahistoria, son una manera de retomar el gusto por los libros. Empiece a leer aquí y allá, deseche éste, elija aquél, y siéntese, haga el favor, en la primera silla que encuentre para desnudar tranquilamente la obra, es decir, para abrir ese cobre en el que está guardada un alma y que sólo puede hablar cada vez que alguien pasa de la tapa al interior.

5. Haga un viaje en tren

Las horas muertas pueden ser un poderoso aliado para recuperar el hábito de la lectura. Porque el no tener nada qué hacer suele ser el mejor de los quehaceres, y viajar en tren suele ser una experiencia inspiradora para tratar de encontrar un entretenimiento en el que tu mente pueda distraerse.

Los trenes, de algún modo, con sus paradas y sus andenes, con el trajín de gente que entra y que sale, con los paisajes que aparecen y desaparecen ante nuestros ojos por la ventana, nos hacen pensar sobre el devenir de nuestra vida. Y en ese pensar inquietante podemos tener la compañía de un autor que nos traslade sus propias reflexiones en forma de palabras. De algún modo, es como si lo invitara a sentarse en el asiento a su lado.

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Y ya hemos llegado al final. Dirá quizás el lector acostumbrado a no despegar sus dedos del smartphone que estos consejos son inanes, vacuos, irrelevantes, fútiles… y ya basta de adjetivos. O dirá más bien que nada podemos hacer contra la tiranía de lo inmediato. O tal vez no lo dirá y estos consejos puedan en verdad ayudarle a recuperar el agradable hábito de la lectura, que es de lo más sano para la mente, pues cuando se termina, te sume en un estado de calma y lánguido silencio.

Con todo, me congratulo si he conseguido ayudarle a ser un lector voraz, una bestia engullidora de palabras y pensamientos, un imperturbable y auténtico devorador de libros, que cuando termina uno empieza otro, y después otro, y casi sin darse cuenta, poco a poco, ve que llegar a la página 100 no es tan difícil, y que al rato ha llegado a la 150, y después ha superado las 200 o 300, y todo lo que quede al final, válgame la metáfora, sea rebañar el plato.

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