Llueve a cántaros (y II). El placer de pasear bajo la lluvia
Es costumbre bohemia, lector, esa de echarse a las calles cuando empiezan a caer goterones del tamaño del riñón y no hay posibilidad de resguardarse. Al principio cruza usted los charcos respetuoso, aguza el oído para disfrutar del trueno y procura no sumergir los camales de sus pantalones en el agua. Luego, cuando descubre que…