Hallo en Double Indemnity, de James M. Caine, el relato de una caída moral; la de su protagonista, Walter Huff, agente de seguros de 35 años, un hombre aparentemente normal que se desliza por el peligroso sendero del crimen. Como telón de fondo, una femme fatale y el deseo de cobrar una póliza de accidentes como MacGuffin de una historia en la que sabemos quién es el asesino desde el principio.
En el crimen de Pacto de sangre (así se llama en español), el suspense no reside en el descubrimiento de un homicida oculto, sino que acompañamos al narrador-protagonista a lo largo de toda la investigación, compartiendo su intrincado descenso a los infiernos. Como nos enseñó Dostoievski, el castigo del criminal empieza mucho antes de que se haya descubierto quién es el autor; empieza en el interior de su alma, pues ya no es el mismo hombre el que mata que el que era antes de matar.
Las pesquisas de la compañía de seguros, capitaneadas por el olfato de Barton Keyes (responsable del Departamento de siniestros, y por ende, conocedor de todos los trucos), se viven a través de esa tensión constante del protagonista con la verdad oculta que trata de mantener bajo las sombras; su descripción de los hechos, que es un monólogo terrible, suena como la confesión de una desgracia en la que él viene a ser víctima de una concatenación fatal de malas decisiones, una suma de circunstancias en las que por su fugaz deseo lo ha echado todo a perder y sólo cabe correr hacia delante.
Al igual que Raskólnikov, Walter Huff es posiblemente un hombre que no sólo ambicionaba el dinero y una mujer, sino que de algún modo quería demostrarse a sí mismo que sus conocimientos de las triquiñuelas del mundo de los seguros podían ayudarle a traspasar esa última frontera moral y, de algún modo, lograr salirse con la suya y dejar de ser un simple y anodino hombre gris, domesticado por el sistema, para convertirse en el perfecto granuja.
Mas, como tantas veces ocurre en la novela negra, una mano oculta guía el discurrir de la historia hacia un final funesto, pues no puede haber otra recompensa para quien se desvía tras la maldad, aunque no por ello el desenlace acabe resultando menos inesperado, y más todavía en el libro que en la película de Billy Wilder.
James M. Cain, narrador de la obsesión y el crimen
El periodista estadounidense, de origen irlandés, nació en 1892 en Maryland, y es uno de los autores de novela negra americanos más reconocidos por al menos dos de sus obras que han pasado a la historia, aunque los primeros nombres que nos vengan de literatura negra estadounidense sean Dashiell Hammet o Raymond Chandler.
Hijo de una cantante de ópera y un profesor de universidad, Caine tuvo una trayectoria literaria tardía y accidentada. Luchó en la Primera Guerra Mundial, en 1917, cuando Estados Unidos entró en la guerra, y estuvo a punto de morir; allí dirigió el periódico de su división y comenzó a desarrollar su vocación periodística, que acabaría convirtiéndose en una de las principales influencias de su estilo literario.
Como curiosidad, y al igual que el protagonista de Pacto de sangre, el autor también trabajó como vendedor de seguros. Su primera novela, El cartero siempre llama dos veces, en la que también se desarrolla el icono de la femme fatale y la obsesión como antesala del asesinato en una eterna huida hacia adelante, la publicó a los 41 años.
También trabajó como guionista en Hollywood, aunque tuvo más éxito con las adaptaciones de sus novelas que con sus guiones. La película basada en el libro, traducida en español como Perdición (1944), fue dirigida por Billy Wilder. guionizada por el propio Raymond Chandler y protagonizada por Bárbara Stanwyk y Fred MacMurray.
Su rodaje fue famoso por esas singulares manías de Wilder que acabaron desquiciando a Chandler (el cual odiaba la literatura de James M. Cain), para lo cual recomiendo leer La legendaria bronca entre Billy Wilder y Raymond Chandler por perdición. Y llama también la necesidad de cambiar el final, a raíz de las exigencias de la censura, que sin embargo logró que la película mejorase considerablemente el desenlace.
La novela negra y el descenso a los infiernos
En la obra de James M. Caine no hay héroes, ni tampoco detectives chulescos que miran el mundo desde detrás del cigarrillo. La cosa es mucho más simple y brutal, el reflejo de que la corrupción humana no está tan lejos de cada uno de nosotros. Sólo hay un tipo que ha cometido un error, y ese error le lleva de una situación a otra, en una búsqueda interminable de un final.
Una de las mayores crudezas de su relato se explicita, precisamente, en esa carencia moral; todo se ve desde punto de vista del alma torcida, corrompida, que ha tomado malas decisiones en la vida y que cuenta su relato a modo de confesión, pero sin una convicción demasiado evidente. Es la historia de un ser obsesionado con una mujer, de un hombre que se desliza por el reverso de la existencia, en una espiral de crimen y adulterio, y que sin poder hacer nada para evitarlo, o eso parece, simplemente va dando el próximo paso.
La femme fatale, determinante en las novelas de James M. Caine, es parte esencial de ese descenso a los infiernos del protagonista; hay algo enfermizo, digno incluso de conmiseración, en la forma en que unos hechos le llevan a otros, de modo que alguien que lleva una vida aparentemente normal y anodina queda preso, de algún modo, por los lazos de ese ser que lo cautiva y que, al mismo tiempo, lo destruye interiormente.
La narrativa de Caine, por cierto, difiere al principio muy poco de la película de Wilder, lo que hace que nos encontremos prácticamente ante una historia puramente cinematográfica. Es, de hecho, y en todo caso, mucho más cruda que la película, pues no hay una mano invisible de la justicia que imprima ese terrible final que, en el fondo, parece que busca inspirar compasión.
Confieso que me ha divertido ver en forma de novela lo que parecía ser un guion perfecto, quizás una de las mejores películas de cine negro que existen, y en las que sin embargo, no hay ningún detective al uso. Sí se refleja, sin embargo, esa atmósfera de fracaso, de condena irremediable, como si una fuerza incontrolable impulsase al protagonista hacia el mal, y que en el fondo, es el espíritu atribulado del que brota este relato obsesivo y fatal.




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