Reseña de Cuentos de La Alhambra, de Washington Irving

cuentos de la alhambraVayámonos al año 1829. Washington Irving, agregado de la embajada de Estados Unidos en la España de Fernando VII, emprende un viaje desde Sevilla a Granada junto al príncipe ruso Dimitri Ivanovich Dulgorukov. Allí, amilanado por la fastuosidad de la Alhambra, tiene la ocasión de sentir sobre su rostro la cálida brisa de sus leyendas medievales, relatos de antaño que parece que todavía perviven en el viento de los siglos. De ahí entresaca esta encantadora colección de cuentos míticos que recuerda un poco a Las mil y una noches.

El príncipe tiene que marcharse, pero Irving se queda un tiempo más. Penetrando en la majestad de la fortaleza de los reyes nazaríes, el americano conoce a un lugareño llamado Mateo Jiménez, alguien cuya familia ha residido en aquellos contornos desde hace generaciones. A modo de guía, ese individuo le pone al tanto de las leyendas granadinas, que todavía recorren aquellos impresionantes jardines. Su investigación viene a revelarnos aquellas historias escondidas que plasmó en sus Cuentos de la Alhambra, una obra a caballo entre el libro de viajes y el libro de cuentos, en la que deja entrever su fascinación por la magia de lo morisco.

De algún modo, el diplomático norteamericano se deja embrujar por el rumor de sus fuentes y la fragancia de sus flores, y no puede evitar que su imaginación de escritor romántico se retrotraiga a la época en que otros seres pulularon por aquellas estancias, ya fuera en la Sala de Embajadores o en el famoso Patio de los Leones, en las calles enrevesadas de Granada o en las orillas del Genil. A eso le debemos que esta obra fuese escrita, nada menos, que en la hermosura del complejo andalusí.

Se dijera que las historias de nigromantes y príncipes, de búhos habladores y alfombras mágicas, de Zoraydas y Lindarajas, se dibujan poco a poco en su cabeza como si hubieran ocurrido ayer. Alojado por algunos días en la residencia del gobernador, Irving nos conduce a una época distante en la que el amor y el ansia de escapar prevalecían sobre los insulsos convencionalismos de la sociedad decimonónica.

El autor quería revivir otros ambientes, llevarnos a otro momento de la Historia, casi como si se intuyera al borde una nueva era, una edad contemporánea, que nos alejaría por completo de aquellos sucesos heroicos y proverbiales, aquellos amores idealizados y sabios de barbas luengas, aquellas parábolas con moraleja en las que lo sobrenatural se entremezcla con el encanto de un pasado glorioso e idealizado.

Washington Irving, un americano en La Alhambra

Al poco tiempo de terminar sus Cuentos de La Alhambra, Irving tuvo que partir para Londres, no sin inmensa lástima de abandonar el palacio de los reyes nazaríes. Había sido nombrado Secretario de la Embajada de Estados Unidos en Inglaterra, aunque tres años después acabó volviendo a Estados Unidos, habiendo así pasado diecisiete largos años degustando Europa.

Hijo de una familia de comerciantes asentada en Manhattan, Irving manifestó desde joven una gran predisposición a la escritura y una obsesión con los derechos de autor. Aunque contrariado por la vida en varias ocasiones, fruto de la muerte de su joven prometida Matilda Hoffman a los 17 años, fue un hombre viajado y leído, lo que se podía esperar de un celoso escritor, que había estudiado leyes y seguía la carrera de diplomático.

escritor romanticismo

Revisando algunos de sus cuentos anteriores, vemos cómo Irving ya había cultivado algunos mitos de lo romántico en su obra Rip Van Winkle, recogida en El bosquejo del libro de Geoffrey Crayon. En ella, el protagonista, que vivía en la época colonial, duerme durante veinte años, y cuando despierta, nos encontramos en plena revolución americana. Un modo de decir que nos acostamos monárquicos y nos despertamos demócratas, y que había nacido ahora un nuevo tiempo.

Amigo y discípulo de Walter Scott, que le ayudó a publicar su libro en Londres, Washington Irving era un amante de la historia, de ahí que fuera el más indicado para cultivar el género de la biografía. En sus libros sobre Cristóbal Colón, vemos el nexo entre el nuevo mundo y el viejo, el delgado vínculo que unía a su patria con aquel antiguo régimen de reyes, astrólogos, deliciosas princesas y apuestos caballeros que ya nunca volvería. Se diría que iba en busca de las antiguas raíces, pues había nacido en la primera nación sin rey, sin historia, sin nobleza, sin tradición, sin madre.

Si tuviera que elegir sólo una historia de esta colección de relatos, me quedaría sin duda con la Leyenda del príncipe Ahmed o el Peregrino del Amor. Un relato que puede sonar ingenuo en la actualidad, como un cuento oriental para niños, pero que en el fondo es ardorosamente intemporal, como el de un Segismundo encerrado, al que se sustrae la necesidad de la experiencia.

Todo el libro viene a resultar como una agradable transportación, como un viaje en el tiempo y en el espacio al olvidado reino de Boabdil. Para acompañar la lectura de estos cuentos mágicos, quizás al lector le resulte también agradable escuchar de fondo los acordes de la guitarra de Francisco Tárrega, con sus “Recuerdos de la Alhambra”.

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