Rebelión en la granja, como toda fábula, tiene su historia y su moraleja. La historia puede leerse en una tarde, pero basta leer unas pocas páginas para descifrar su moraleja, disparada a modo de atrevida sátira contra la revolución rusa y el stalinismo. Está escrita, además, por un hombre “de izquierdas”, al que no agradaba la ortodoxia de partido, que luchó en España contra el fascismo y que destacó por su maestría al retratar en sus novelas y artículos la patología definitoria del siglo veinte y la insólita evolución de tantos lustros de utopías y conocimiento.
“Me doy cuenta de cuán peligroso puede ser el publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedicada a todos los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría mal vista, pero la trama sigue tan fielmente el curso histórico de la Rusia de los Soviets y de sus dos dictadores que sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen dictatorial. Y otra cosa: sería menos ofensiva si la casta dominante que aparece en la fábula no fuera la de los cerdos”.
Y con la cuestión del cerdo, que es el más genial símil literario del revolucionario soviético que se aposenta en el poder, George Orwell no pudo publicar la fábula hasta el año 1945. En ese mismo artículo, Orwell manifestaba su queja contra la “cobardía intelectual” de la prensa británica y su tácito acuerdo de no alzar su voz contra los rusos. Si bien comprendía que hubiese censura en tiempos de la Guerra Mundial, no aceptaba el pánico de las sociedades libres a enzarzarse contra formas de gobierno dictatoriales; y eso era, en definitiva, lo que pasaba.
movimiento, tomarán la dirección de la lucha dirigiendo cada uno de los actos de los otros animales: el caballo Boxer, la yegua Mollie, el burro Benjamín, las ovejas del “¡cuatro patas sí, dos patas no!” y el evadido Moses, que pretendía conocer el secreto de la existencia del Monte Azúcar más allá de las nubes. En el transcurso de los acontecimientos, Napoleón y Snowball se harán con el poder de la granja. Pero sus disconformidades con respecto a los objetivos de la revolución los enemistarán de modo irreversible. Mientras tanto, Squaler haría la labor indudablemente creativa de explicar a los animales las decisiones gubernamentales e invitarles a constatar que los mandamientos del Viejo Mayor contenían matices que hasta ese momento nadie había descubierto.
A lo largo de los años, la novela ha despertado el interés de personas de varias tendencias políticas. Muchos progres pretenden ver en Orwell a un trotskista, amén de crítico del comunismo y eso es lo que les anima a leerla. La derecha liberal y conservadora ve a través de ella el retrato de una época y un manual de los típicos embustes y estratagemas políticas totalitarias que no entienden de tiempos ni de temporadas. Junto con 1984, es una de las obras más recurrentes en el mundillo que en mi profesión frecuentamos. La ambigüedad de lo metafórico en Orwell, si bien da lugar a muchas interpretaciones, persigue un objetivo innegable: sentenciar los dos grandes totalitarismos del pasado siglo –el comunismo y el nazismo–. El final de la obra, que no me resisto a transcribir, refleja esa semejanza moral entre los mandamases reaccionarios que el comunismo abomina y los que él mismo había creado para eliminarlos.
“Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro”.
El falso maniqueísmo entre hombres y cerdos se convierte en simetría y arroja un aviso para navegantes, aunque deja al lector sin embargo sumido en el desamparo y el escepticismo. Cerdos y hombres, hombres y cerdos, son lo mismo cuando tienen el poder; ningún hombre, al fin, posee una superioridad moral. Tanta sinceridad, tanta precisión ideológica, no es extraño que en su tiempo los escrúpulos de los editores demoraran su publicación. Esos escrúpulos, por desgracia, siguen existiendo hoy en los círculos periodísticos, que se acostumbran a convivir con la bestia del islamismo; ya no le retiene la prudencia ni el respeto, que sería legítimo, sino el miedo. Para ser exactos, la cobardía.


Gran entrada. Es un libro muy recomendable.
Precisamente he releído hace poco «Rebelión en la Granja».
Creo que sigue siendo la más genial sátira que se ha escrito contra el marxismo.
Es curioso comprobar cómo los marxistas de hoy día se pueden ver retratados en ese libro de una forma tan exacta como los de los años 30. La hipocresía y el cinismo siguen siendo los mismos: cada vez que veo o escucho a Pepiño Blanco, no puedo evitar acordarme de sus congéneres literarios.