Noches blancas, Dostoievski y la generación Z

Noches blancas Dostoievski

Es Noches blancas una obra melancólica, sentimental, con un final poético, que invita al lector a participar del engaño de la ensoñación romántica. Escrita en 1848, resulta cómico que haya llegado a convertirse en fenómeno viral entre los booktubers, quienes parecen haber hallado en Dostoievski una conexión extraña que trasciende las épocas y los lenguajes.

Mutatis mutandis, estos vienen a identificarse con su narrador y protagonista, un ser callado y soñador, sumido en un paseo solitario e infinito por las calles de San Petersburgo, que se prenda ingenuamente de una mujer misteriosa en apuros: Nástenka. Un personaje al que, por su candidez, el lector puede amar y odiar al mismo tiempo según va pasando las páginas, por sus idas y venidas, por su ingenuo encanto y, a la vez, por su impulsividad, su frágil sentir.

La novela habla, ciertamente, de la brevedad del amor romántico; de las incertidumbres por las que atraviesa un alma cargada de preguntas; es la historia de un acercamiento íntimo y, hasta cierto punto, platónico; la búsqueda eterna de un bohemio cansado de dar vueltas, prisionero de sus propias miserias; un monólogo interno, entre intimista y callejero, parecido al de muchos jóvenes en esta época decadente, donde nadie entiende nada y, de algún modo, todos participan de un similar ensimismamiento y regusto amargo.

Todo en Noches Blancas se ve desde dentro, tras el lente colorido del hombre que mira mucho y piensa mucho. Hay en ese ingenuo enclaustramiento del alma una cierta poesía, con la que es fácil para muchos identificarse, aunque nada de noble haya en ello. El narrador, a pesar de su prosa decimonónica, pone en palabras ese sentimiento universal del que persigue una sombra, del que camina constantemente tras el viento.

El joven Dostoievski y los sinsabores literarios

Esta pequeña obra del escritor ruso consta de tan sólo cinco capítulos (cuatro noches y una mañana). Hay en esto un sentido metafórico, pues la mañana es el epílogo, el desenlace de un turbulento enamoramiento, sujeto a las subidas y bajadas de una mente que divaga en exceso. El propio título del libro, que hace referencia a un fenómeno propio de esa región del planeta, trata de reflejar esa atmósfera onírica en que la que transcurren los sucesos.

La historia salió publicada en diciembre de 1848, en la revista literaria rusa Otéchestvennye Zapiski (Anales de la Patria). Dostoievski tenía, por entonces, 27 años. Había publicado Pobres gentes (1846), su primera novelas, apenas un par de años antes. Aún no había sido deportado a Siberia, ni había escrito Crimen y castigo; de su prosa ya se deduce, sin embargo, un espíritu intenso y exaltado, un mundo interior en plena efervescencia, una tendencia natural a la digresión melancólica.

La personalidad de Dostoievski, por aquel entonces, ya era nerviosa y sensible. Hablamos de alguien al que se empezaba a contemplar como una joven promesa de la literatura. Visarión Belinski, renombrado crítico literario, había elogiado su libro y fue una figura clave en su fama. El joven Dostoievski, tímido y orgulloso, pugnaba entonces por abrirse camino en el ámbito literario, y quizás por eso y su complicado carácter, se ganó no pocos enemigos.

Del entusiasmo inicial con el joven talento, y tras la publicación de El doble, vinieron las decepciones, las críticas, el aislamiento de quienes primero lo habían promocionado, entre ellos el poeta Nikolái Nekrásov e Iván Turguenev, los cuales ridiculizaron su fama en un poema conjunto, que circuló bajo el título Mensaje de Belinski a Dostoievski.

Caballero de triste figura,
Dostoievski, querido presumido,
en la nariz de la literatura
sobresales como un grano recién salido.

El rechazo de sus compañeros literarios, sin embargo, no impidió que Dostoievski siguiera escribiendo. Pervive en su literatura ese constante deseo de afecto y reconocimiento que muchos de sus contemporáneos no supieron darle.

Un año antes de la publicación de Noches Blancas, en 1847, Dostoievski había publicado en el periódico ruso Sankt-Peterburgskie Vedomosti una serie de cuatro artículos titulados Crónica de San Petersburgo, donde criticaba compasivo el arquetipo del soñador irredento que más tarde pergeñó en su novela, que en esta ocasión recibió críticas mucho más benévolas y hasta elogiosas.

Dostoievski, la generación Z y los soñadores del siglo XXI

Como todo lo que tiene éxito en el mundo literario, las reediciones de Noches blancas no han dejado de sucederse. Es llamativo, incluso, encontrar a Dostoievski expuesto entre las novedades de las librerías, como si del último grito editorial se tratase, lo cual viene a demostrar que las preocupaciones e incertidumbres del individuo pueden ser los mismos a lo largo de los siglos; la naturaleza humana, en el fondo, no cambia, sólo muda de vestimenta.

La figura del soñador, un hombre que quiere vivir, pero se muestra incapaz de actuar, es tremendamente actual. El joven contemporáneo, saturado de mil estímulos, ha desarrollado la capacidad de construir mundos, de tejer aspiraciones infinitas. No logrando, sin embargo, avanzar en su propósito, en una realidad cada vez más fragmentada y herida, tiende a sumergirse en un mundo de fantasía, divagando entre el efecto halo de las redes sociales y las infinitas opciones de entretenimiento de las plataformas de vídeo.

La idealización y la soledad, de algún modo, nos hacen vulnerables; como el protagonista de Noches blancas, tenemos dificultades para establecer relaciones profundas, y sucumbimos a sustituir la realidad por el sueño; el ansia de eternidad se trasluce en una constante construcción de expectativas que se derrumban como un castillo de naipes.

Con todo, sería temerario atribuir estas u otros atributos a la generación Z; un mundo vasto y heterogéneo, pero anhelante de certezas, que no se puede clasificar sin más, eliminando con nuestra brocha gorda la infinitud de matices que subyacen en los comportamientos y sensaciones de una gente y una época que, a pesar de todo, se resiste al nihilismo.

Que la llama de Dostoievski siga humeando, sin embargo, es lo asombroso; que todavía, por algún resquicio, a pesar del brain rot y la incesante voluntad de los poderosos por aplastar lo que queda de nuestros cerebros, asome por alguna parte el inconfundible signo de que somos humanos y, para colmo, estamos vivos.

Firma
Samuel Juliá

Periodista (Alicante, 1988). Escribo sobre libros, actualidad, autores, historias que bullen en mi cabeza. Más o menos a contracorriente, como a la antigua usanza. Mi deseo es que, a través de estas páginas, pueda despertar en ti, siquiera por unos instantes, el placer de una lectura pausada y silenciosa.

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