El prisionero de Zenda, una aventura decimonónica

el prisionero de zenda

Prisionero de ZendaHace poco terminé de leer El prisionero de Zenda (1894), de Anthony Hope. No piense el lector que hay ironía ninguna en la intención de leer este libro durante esta cuarentena. En el fondo, la historia del escritor inglés queda muy lejos del tedio y la lasitud de este estado de alarma. Por el contrario, el libro del que le hablo nos transporta a una divertida e interesante trama palaciega en el imaginario país de Ruritania.

Yo había visto ya la película de Richard Thorpe (1952), protagonizada por el genial Stewart Granger, la magnífica Debora Kerr y el impresionante James Mason. Pero confieso que no me imaginaba que el libro tenía tantos visos del sarcasmo y las ocurrencias de la película. Incluso, más si cabe, pues hay momentos en los que el relato no puede evitar arrancarnos una sonrisa con la singularidad de Rodolfo Rassendyll, el protagonista.

Una trama palaciega, una historia de remplazo

De todas las historias de capa y espada que recuerdo, la de El prisionero de Zenda me trae a la cabeza inevitablemente a El príncipe y el mendigo. La idea de intercambiar al rey por alguien con el que tiene un inmenso parecido no es nueva, pero el inglés la refleja con una agilidad y una agudeza encomiables.
Me viene también ahora a la mente aquella paródica película de la Carrera del siglo, de Blake Edwards, donde en un momento de la película se nos lleva a un reino parecido al de Ruritania, y ocurre idéntica sustitución entre el rey y alguien con el que tiene una rara y extraña similitud, en este caso el impepinable Jack Lemmon.
Trasladándolo al mundo de hoy, podemos imaginarnos tal vez a una persona del pueblo llano, viéndose arrastrado a representar el papel de rey o de presidente durante algunos meses. Podemos imaginarnos enseguida todas las curiosidades, las tentaciones, los riesgos de esa nueva careta, temiendo a cada instante que alguien le descubra, mientras él se beneficia de las bendiciones de las clases altas.
Pero volviendo a la novela de Hope, Rassendyll no es un hombre del pueblo llano, sino más bien un gentilhombre ocioso. Un ni-ni, por decirlo con el lenguaje de hoy, que ni estudia ni trabaja, y pasa su día entre excursiones, devaneos, charlas con los amigos o tranquilas temporadas de pesca. Alguien que no hace nada por el mundo, ni espera que el mundo haga nada por él. Interpretar el papel de rey se convierte por tanto en una responsabilidad que, en el fondo, le hace comprender de algún modo la importancia de hacer algo en la vida, aunque sea ser rey.
Lo que más me entusiasma de esta novela es el ingenioso trazado de los personajes. Desde Rassendyl hasta Tarlein o el coronel Sart, pasando por la reina Flavia, el maquiavélico Rupert de Henzau, la bella Antoinette de Mauban o el malvado Miguel, cada uno de ellos presenta una profundidad asombrosa, pese a la brevedad del libro.
No dudo que incluso el lector que haya visto la película de Thorpe disfrutará de los diálogos de esta historia, que son abundantes y tienen un desternillante realismo, a pesar de que la historia nos retrotrae al drama romántico, con sus historias de amor imposible, enemigos imperdonables y aventuras de capa y espada de lo más estimulantes.

Anthony Hope, el héroe de los clásicos menores

Confieso que no había leído nada hasta ahora de Anthony Hope, un autor británico de novelas galantes y de capa y espada, aunque se le haya considerado el maestro de los clásicos menores.
Anthony Hope
Nada que ver con un Walter Scott, un Robert Louis Stevenson o un Rudyard Kipling, nombres que suelen brillar más cuando se habla de los clásicos de aventuras. No obstante, Hope fue un prolífico escritor que alcanzó el éxito en su época, autor de numerosas novelas, e incluso llegó a ser nombrado Sir, lo que quizás pueda considerarse la máxima gloria en la vida de un inglés.
Su novela, El Prisionero de Zenda (1894), tuvo una segunda parte, cuatro años más tarde, Rupert de Hentzau, donde por lo visto se resuelven algunos de los cabos sueltos de la primera novela, aunque esta segunda parte aún no la he leído, si bien suscita ahora mi curiosidad, así como algunas otras de su larga lista de novelas.
En la línea de las novelas de capa y espada, lo bonito de la narración de estas peripecias es la forma en que te sumergen en un mundo que ya no se parece en nada al nuestro. Una época en la que el honor, el amor, la aventura o la intriga cobran un aire grandilocuente, ridículo en ocasiones, pero noble, majestuoso, abrumador para el lector sencillo. Lejos de la zafiedad de nuestro tiempo, todavía me parece estar deambulando por las inmediaciones del castillo de Zenda o las señoriales cercanías del palacio de Rodolfo V en Estrelsau.

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